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Alejandro vuelve a ser Magno con un concierto para el recuerdo

El cantante madrileño presentó «Paraíso Express» cantando con Antonio Carmona y Mala Rodríguez, en un macroespectáculo que le salió redondo.

Aunque a capella, las canciones de Alejandro Sanz llevaban todo el día sonando en los alrededores del Palacio de Deportes por boca de varias docenas de fans que montaron guardia frente a las puertas del pabellón para coger buen sitio, así a lo quinceañero. Que no con quince años, porque por allí deambulaban veteranas sin pudor alguno por actuar como una fan de Tokio Hotel.
Con esta gira, el que se llamara Alejandro Magno buscaba «sorprender al público con cosas nuevas». Acompañado por una banda de nueve músicos y rodeado por un exagerado despliegue técnico, con escenografía móvil y 140 metros cuadrados de pantallas con tecnología «led» en 3D (¿sin gafitas funciona?), la cosa no podía salir tan sosa como en alguna otra ocasión.
Poco después de que por los pasillos del Palacio dejaran de correr riadas de gente más propias del metro, unos latidos de corazón a todo volumen anunciaron la llegada de Alejandro y los gritos, estos más soportables que los de las quinceañeras, inundaron el recinto. Salió con su guitarra blanca, sonriente, para comenzar la fiesta con «Mi Peter Punk». Aunque no abandonó su previsibilidad, enseguida demostró actitud, rockeando como un heavy y dejando ver que afortundamente, las sorpresas no serían sólo logísticas. Durante todo el concierto demostró unas enormes ganas de dejar una noche para el recuerdo.
Con «Lo que fui es lo que soy» ya todos estaban en pie bailando. «Esta va a ser una noche especial, lo presiento. Será nuestro pequeño tesoro», dijo a su embelesada audiencia. Y se puede decir que lo consiguió, demostrando que las distancias largas se le dan mejor, porque supo alimentarse de la multitud. «Madrid disimula, como si no fuera la ciudad más bonita del mundo, pero lo es», gritó poco antes de que sonara «Corazón Partío», cuya letra se sabían las 15.000 personas como si fuera un padrenuestro. El desparrame rockero del final de «Cuando nadie me ve» —con rotura de guitarra incluida, mucho cuidado—, como siempre, dejó al público de piedra. Y Alejandro «abroncó» a su enfervorizado músico: «las guitarras no se rompen, hay que romper la desigualdad, la injusticia...».
Antonio Carmona subió con su amigo para cantar a dúo el «Para que tú no llores», pero sin duda la mayor sorpresa llegó cuando Mala Rodríguez, diosa del hip-hop —aunque más de un rapero dirá que ya no tanto después de lo de ayer—, compartió los versos de, cómo no, «Mala».
El popurrí final situó la velada en el podio de éxitos de Alejandro Sanz, que enamoró a los suyos merecidamente. Hasta los que compraron entradas de 232 euros —como lo oyen— terminaron locos por él.

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