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En el paraíso con Alejandro Sanz

Anoche, la pregunta resultaba evidente: ¿cómo hacía la gente para encontrarse en un recital antes de que existieran los celulares?

En los alrededores del Orfeo, desde temprano se escuchaban variados ringtones o grititos insistentes como “ay, boluda, estabas al lado y no te veía”, en el momento del encuentro entre amigas ansiosas.

Más común era el “acá estooooy”, mientras alguien agitaba los brazos con la mirada perdida en la multitud y el celular en la oreja. Después, el uso del aparatito tuvo otro fin: registrar minuto a minuto el recital que Alejandro Sanz ofreció en Córdoba para una auténtica multitud. Y la amistad pasó a un segundo plano cuando todo en la noche se trató de pura devoción.

Había, claro, mayoría abrumadora de mujeres, aunque también un puñado de hombres con cara de “sólo soy acompañante”, que mantenían incluso cuando tarareaban involuntariamente No es lo mismo o Corazón partío o Quisiera ser o tantos otros éxitos del cantante.

El español convenció a las más de 10 mil personas que colmaron el Superdomo con la fuerza de sus clásicos, pero también con las canciones de Paraíso express y las pocas (pero funcionales) palabras para la multitud.

El recital comenzó con apenas 15 minutos de demora, cuando un piano empezó a tocar los acordes de la primera canción. Sanz se descubrió tímidamente en la luminosa escenografía con un sobrio traje negro, guitarra azul y blanca (¿argentina?) y lentes oscuros, y abrió el set con Mi Peter punk, cuya primera parte pasó casi inadvertida entre el griterío de bienvenida.

Todo el concierto de Sanz transcurrió entre el presente y el pasado, sin preámbulos ni demasiada verborragia: del estreno en la apertura a Lo que fui es lo que soy (de 1991); del reciente Desde cuando a retroceder casi 20 años y recorrer sin prisa Viviendo deprisa, para volver otra vez a Nuestro amor será leyenda.

No hubo una línea temporal lógica, sólo aquella de alguien que sabe armar el corazón de un rompecabezas a fuerza de canciones encantadoras.

El de anoche fue un recital conmovedor, multitudinario, emotivo, con algunos tintes rockeros (hasta jugaron con Back in black, de AC/DC, al cierre de una buena versión de No es lo mismo), pero muchas canciones de amor. Muchas, aunque nunca suficientes. Es que las fans son demasiado exigentes, y a veces no hay manera de conformarlas.

Preguntó a la gente “qué hicieron todo este tiempo”, agradeció “el calorcito con el que nos ha recibido la Argentina”, saludó a Córdoba un par de veces, y dijo algunas chanzas de rigor para sentir en un par de ocasiones el “nooooooooo”, el “síiiiiiiii” o el “te amooooo” de las plateas (ningún artista parece poder evitarlo).

El repertorio de Alejandro Sanz es infalible: tiene canciones con letras muy convincentes y estribillos pegadizo. Anoche se lo vio con ganas de rockear un poco, y faltaron algunos momentos de cierta intimidad. Alcanzó con una “viejita” como Si hay Dios o una “nuevita” como Yo hice llorar hasta a los ángeles.

El cantante se despachó con algunas nuevas versiones de viejas canciones. Los fanáticos más acérrimos se sumaban a la nota para ofrecer datos de primera mano: “De Corazón partío hizo una nueva versión con más guitarras eléctricas y una rumba nueva”, aseguraban, mientras trataban de no perder el ritmo y la palabra del artista.

A la medianoche, Sanz había cumplido con los bises y con un popurrí que completó los más pedidos de la gente: Mi soledad y yo o Amiga mía. Luego dijo adiós. O hasta siempre.





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